Análisis

Valoración9
Análisis realizado por Ilde Cortés


El procesionar, lento, apesadumbrado, cabizbajo, del público al salir de la sala es signo evidente de que Amenábar ha cumplido su propósito con Mar Adentro. A estas alturas todos conocemos, al menos someramente, la historia de Ramón Sanpedro. Al fin y al cabo, tampoco ha pasado tanto tiempo desde que los informativos emitían las duras imágenes de su cuerpo inerte. Un accidente, tetraplejia y la historia de una incansable lucha por la dignidad (subjetiva en todo caso) de un ser humano.


Obviamente, el dilema de la legalización o no de la eutanasia queda planteado en la película, e incluso podemos tachar a Amenábar de cierta manipulación pues algunos episodios bastante críticos (como el de la visita del cura que encarna José Mª Pou) nunca se dieron en la realidad. Pero al fin y al cabo, el más prometedor de los directores españoles tiene claro su objetivo, que no es otro que el de jugar con nuestro sentimientos, el de agarrarnos por los hombros y zarandearnos violentamente hasta hacernos llorar para luego darnos un abrazo y dejarnos ir con una sensación de pesar como pocas veces habremos sentido en el cine.

Más de uno se planteará ir o no a verla por la teórica dureza del film. Sin embargo, ésta no es tal. Como si fuéramos en un barcaza, la película (y nosotros con ella) vamos fluyendo sentimentalmente, atravesando estados que van desde la carcajada a la lágrima, sintiendo desde un ligero vaivén, a algún que otro arrebato de pasión desenfrenada. Al fin y al cabo, eso es lo que quiere Amenábar.

Reseñable es también el reto al que el realizador se ha enfrentado en lo que a su perfil cinematográfico nos ofrecía hasta el estreno de su última producción. Conocíamos que éste sabía jugar perfectamente con los tiempos del suspense, sabía posicionarse en el manejo del terror psicológico, sabía dar giros inesperados a sus historias… Y esa podía ser (o era) su lucha más dura. ¿Cómo reaccionaría su público ante un registro tan radicalmente distinto como es este drama?


Una vez vista la película, no queda más remedio que rendirse ante los prodigios de esta promesa de la dirección hecha realidad. Ahora no habrá quien pueda decir que Amenábar no está capacitado para sacar adelante tal o cual proyecto. Después de todo, de su filmografía sólo podemos considerar Abre los ojos como un levísimo traspiés. El resto, se cuentan por éxitos.

En cuanto al reparto, sólo cabe hablar bien de él. Eso sí, no coincido con la tónica general de exaltar el trabajo de Belén Rueda. Desconozco la causa, pero no me ha llegado a convencer por sí sola. Será que a su lado, Bardem se convierte en un auténtico monstruo capaz de realizar una interpretación (sobre todo física) memorable, limitado a sólo actuar con gestos faciales y a soportar una cantidad tremenda (para algunos excesiva) de planos cortos que no es que los solvente, no. Es que los borda.
Junto a ellos, un elenco de secundarios especialmente bien seleccionados, sobre todo Lola Dueñas (Rosa), Mabel Rivera (Manuela) y Joan Dalmau, que con su interpretación del padre de Sampedro, y con no más de 5 frases, nos dejará clavados al asiento en más de una ocasión.

Técnicamente, Amenábar no se ha complicado en exceso en esta historia, pues al fin y al cabo la mayor carga de la película reside en el guión (que coescribe junto a Mateo Gil). Hay algún detallito que otro que puede no terminar de convencernos, como la superposición digital (en un solo plano, con lo que es difícil darse cuenta) de la cara de Bardem sobre el cuerpo real de Ramón Sampedro, el viaje de Sampedro desde su ventana (quizá demasiado directo) o un pequeño detalle del diseño de producción y que para muchos pasará inadvertido: ¿existían los monitores TFT a la hora de diseñar la portada de las Cartas desde el infierno? Ahí les dejo esa duda planteada.

Por lo demás, la fotografía sigue en la línea de Javier Aguirresarobe, que volverá a ser premiado con casi toda seguridad. Una sabia utilización de tonos fríos que resaltan la soledad de Ramón Sampedro, contrastando con tonos cálidos en Belén Rueda.

La banda sonora se nos presenta como una guía de sentimientos, como un acompañante que nos coge de la mano para guiarnos en la historia. El tono gallego que se le da a toda la orquestación (con la colaboración de Carlos Nuñez) hace que la historia se sienta mucho más cercana, facilitándonos a su vez la contextualización de la misma.

Y tanto diseño de producción como vestuario no destacan especialmente. Algo que sí ocurre con el maquillaje (sobre todo en Bardem, que soportó diariamente sesiones de 5 horas) de Jo Allen (directora de maquillaje en Las horas), encargada de transformar al protagonista de manera espectacular, envejeciéndolo y dotándole de ciertos rasgos hasta conseguir asimilar la cara de Ramón Sampedro en la de Javier Bardem.








Valoración Final

Muchos califican, quizá apasionadamente, a Mar Adentro como una obra maestra. La precipitación nunca es buena, pero que nos sorprenda el nuevo registro de Amenábar es más lógico. Que la película tiene fuerza es indiscutible. Que la película nos domina, nos empuja, nos obliga a sentir es admirable.
Mientras tanto, prefiero seguir inmerso, mar adentro, en la marejada de sentimientos que Amenábar nos ofrece en esta película. Que ustedes lo disfruten, pues no es para menos.




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